De entre mis cualidades más preciadas (y a la vez detestadas) existe una que sobresale entre las demás, aquella manía antojadiza capaz de abatir al más alborozado de mis ánimos, ese capricho de desear ver al mundo moverse al compás que mi interés considere más armónico. ¡Esta condición no me permite ser libre! Inconforme recorro los senderos de mi existencia, reformando lo que esté a mi alcance, regocijándome con los ansiados resultados. Sin embargo, mis singularidades se enfrentan dejándome atado de manos en diversas ocasiones. ¡Desearía sobreponerme a ese desgano, a esa cobardía que me impide revoluciones instituir! Pero las costumbres permanecen tan arraigadas al hombre como su mismísima piel, sólo unos pocos perseverantes son capaces de modificar su esencia hasta convertirse en su ideal y he de admitir que a tales individuos debo yo mi entera admiración. Más no es conformismo, hay una razón por la cual permanezco inamovible: la providencia, si mi memoria es tan exacta como solía se...