Su mirada se desviaba con constancia al reloj que sostenía ya en su mano, porque el impulso de verificar la hora era en ese momento tan incontrolable que resultaba incómodo acomodar y extraer compulsivamente aquel objeto mecánico del bolsillo. Una vez más la hora de reunión había sido sobrepasada, pero no por unos cuantos minutos, sino por un período que dejaba en duda el hecho de que realmente apareciera en el lugar acordado. Finalmente su paciencia se desbordó y dejó caer el aparato en el bolsillo, donde se revolvió hasta adaptarse a la forma de su más usual recinto y allí posarse cual ser viviente en su lugar de descanso. Si se mantenía más de pie en ese lugar, solo con sus pensamientos que saltaban de un tópico a otro sin control y sin lograr resoluciones o acuerdos entre las diferentes conexiones, iba a desesperarse en su propia agonía, agobiado por su particular forma de pensar. El aburrimiento y la falta de ocupación son sin duda los peores enemigos, provocan divagaciones indese...