El transcurrir del día había dejado exhaustos a todos por completo, lo podía notar al observar a mi alrededor, la gente, fuese cual fuese su rango, pedía permiso a los superiores para irse a casa más temprano de lo usual, a lo que ellos accedían puesto que el deseo era el mismo. Tratar asuntos importantes referentes a una posible guerra era cansado tanto física como mentalmente sin importar el puesto, para mí no presentaba un gran reto en ningún aspecto, pero sí me albergaba una especie de preocupación algo alarmante. Aún no caía la noche y ya el salón se encontraba casi totalmente vacío, al igual que los demás salones exteriores, yo no me opuse en ningún momento a las peticiones de descanso de los demás, al fin y al cabo habíamos llegado a un acuerdo y a un plan a ejecutar bastante razonable y tranquilizador, todo eso gracias a la intervención importantísima de aquel preciado amigo de mi infancia. El que siempre sorprendía a la milicia, una y otra vez, con sus agudos análisis y conc...