Heme aquí en este templo, clamo tu ayuda en un lamento, ya mis mares se han secado y tu lápida no mira más entierros. ¿Si mis verdes ojos presencian la caída de las aves, su desmentido vuelo eterno, sus gruñidos, sus gemidos, su grisácea fusión con el cielo? Ese cielo desgranándose sin miras a recuperarse de nuevo, y aunque cada día clame el sol por su hierro, llega siempre ella, apaciguante, a afilar su argentado armamento. ¿Me pides esperanza aun sabiendo todo esto? Si tu voz ya no es la tuya, y si lo fue no lo recuerdo. Mas tampoco mía es, ni lo será en ningún intento, los cielos se abren y su voz retumba en los sentidos del universo, ¿quién eres tú para creerte de mis facultades dueño? Y a su vez la voz escucha una aún más prominente, reclamando por lo mismo desde el lecho de su muerte, ¿muerte acaso para él, para nosotros, para ellos? Los mortales tememos en nuestro efímero parpadeo, que creados hemos sido con arcilla y un espejo, ¡y la arcilla se erosiona y el cristal no e...