“¡Ah, divino doctor! No me des nada. Tengo tu veneno, tu puesta de sol y tu noche de luna y tu lira, y tu lírico amor”. Rubén Darío Hoy era el día. Desde hace un tiempo no podía evitar pensar en esta fecha, la anhelaba de cierta manera, aun si no tuviese alguna actividad planeada para este momento. Mis ánimos en los recientes días habían cambiado excesivamente, me sentía hasta volátil por las variaciones de parecer constantes, de un alba a otra; en retrospectiva, me hubiese podido encontrar aceptando opiniones completamente opuestas, no ajenas, mías, aunque contradictorias entre sí. Incluso antes de ese período, en una época de actividad en el imperio, no tanto bélica, pero sí de planeamiento, mi mente se encontraba distraída con el día a día, no importaba nada más que levantarse por la mañana, temprano, e ir con la mente fresca a poner en práctica todo lo enseñado por nuestros sabios mentores: fusionar los conocimientos teóricos con lo que habíamos aprendid...