¿Puede ser tan compasiva la divina alma De ésta, tu castísima y adorada hermana Para absolver, al fin, tu recelosa afrenta Aquella que atañes únicamente a mi demencia? Si mi sacro honor mancillado jamás se vio Por la efigie del hombre que mi corazón amó ¿Era necesario, entonces, acudir al engaño Y con tu lira alejarlo por siempre de mi mano? Prometí, quizás, nunca mi virtud perder Mas un compromiso con mí misma ha de ser ¡Justificado está, seguramente replicarás Somos uno solo y al morir yo, tú perecerás! Una isla emergió en nuestro nombre Y de nuestra madre compartimos vientre ¡Mas recuerda que mis manos, ahora manchadas Fueron los instrumentos de tu celestial llegada! Utilizando las tuyas guiaste mi impecable arco Y la saeta mortífera con su resplandor dorado Mi orgullo nunca degradado intentasteis herir Haciéndome, de mi cérvida serenidad, desistir. Ahora, sin moverse, yace él entre mis brazos Sereno, impávido, hasta dichoso en mi ...