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Ángel

Durante toda mi vida he temido por justamente estos instantes, no estaba del todo seguro de que sucediese de esta forma, esperaba a veces que yo fuese el primero; otras veces, egoístamente y aferrándome al amor por esta vida mundana, deseaba que tú partieses primero, para que mi vida perdiese tanto su sentido que ya no importara no tenerla. Pero ahora ya el destino ha decidido por nosotros y apostó por arrancarte a ti en primer lugar la posibilidad de continuar experimentando más banales cosas, en este planeta de las ilusiones que se pierden antes de nacer.

Muchas veces he pensado que el miedo a la muerte de mi parte derivaba directamente de tu existencia, porque si no tuviese por quién preocuparme ¿A quién lamentaría no proteger más? Si tú no estuvieses aquí, precisamente como ahora ¿A quién dañaría y rompería el corazón mi muerte? A nadie, a ni un solo ser en este mundo le afectaría verdaderamente que yo decidiese, o que la vida escogiese por mí, acabar con precisamente mi existir mundano.

No puedo llorar, recuerdos lejanos que parecen de una vida pasada acuden a mi mente esporádicamente, mejor dicho… en los momentos en los que me pregunto porque no surcan las lágrimas mis mejillas, porque éstas no brotan de mis ojos como le sucede a la demás gente de mi alrededor, que alardean de haber querido a mi alma gemela, más mienten porque no le amaban, no eran su compañía por el mundo ni mucho menos tenían un vínculo tan fuera de lo carnal como yo con mi adorada compañera perfecta.

Lo he perdido todo, la desesperanza me invade y los que me rodean me observan atentamente con ojos incrédulos e hipócritas ¿Acaso creen que no sufro? Cuando reproducía en mi mente este momento, como un supuesto claro está, aparte de pensar que nunca ocurriría pensaba también que lloraría desconsoladamente sobre su ataúd, rasgando con mis uñas la madera como para abrir la elegantemente adornada caja fúnebre. Como que si ese acto demostrase al destino y a los posibles dioses que el hecho de perderle era tan lamentable que si pudiese subiría a sus tronos, los despojaría de ellos y los haría lamentarse por hacernos unos estúpidos y débiles mortales, con una capacidad tan magnánima y poco normal de amar.

¿Flores negras para el funeral? ¿Quién había ordenado semejante indecorosidad? Y la vi a ella, a mi hermosa y radiante alma gemela, sublime como un ángel caído que volaba, o más bien levitaba, sobre su propio ataúd. No era una sustancia neblinosa como suelen verse los fantasmas… sino tan palpable y carnalmente deleitante como solía ser cuando estaba entre mis brazos y le inundaba de besos y caricias perpetuas.

No se dignó a mirarme, solamente veía el gran féretro de madera exquisitamente tallada donde su cuerpo descansaría hasta que el entorno no permitiese que su carne existiese más, mantenía una mirada trastornada en exceso y al igual que yo no lloraba. Al denotar con cuidado el mirar de ella pude ver mi misma mirada directamente reflejada en sus ojos y toda duda existente en mi mente fue resuelta ante tal observación.

Ella y yo, era evidente, siempre lo supe y dudé, más ahora pude comprobarlo ya cuando era demasiado tarde: siempre fuimos la misma persona, el mismo ente, el mismo ser… la misma alma pero con cuerpos diferentes, controlados por un idéntico y único elemento elevado al que algunos llaman el ‘yo superior’ aquel delegador de lo que hace el ser humano. Lo que quería decir que con la muerte de ella una parte de mí en esta tierra, literalmente, había muerto... precisamente mi mitad.

Ya nada quedaba por hacer con mi vida, y desperté.

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