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Ajedrez

Era mi preciado tesoro, sin embargo decidí regalárselo como una muestra más para mi mismo que para ella, de mis sentimientos. Era una pieza de arte más que legendaria, en realidad ni yo mismo pude identificar la fecha de la que databa ni tan siquiera la región de origen, pero era casi absolutamente un hecho concreto que no había sido tallado en Europa, muchísimo menos en el Nuevo Mundo, ya que ahí probablemente nunca habían jugado esa clase de entretenimientos de mesa.

“El ajedrez mágico” solía llamarle yo para mis adentros, no es que fuese diciéndolo por las calles para que todos, punzados por la más humana curiosidad, quisiesen arrebatármelo de las manos. Como que si pudiesen, pero sería en demasía incómodo quitármelos de encima. Desde que lo obtuve lo había expuesto en el recibidor de mi hogar, al lado izquierdo como antelación al extenso pasillo que conectaba esa área con mi gran biblioteca, el misterioso tablero podría pasar por uno perfectamente normal si se le veía de lejos, con sus piezas bicolor: crema y marrón embadurnadas de un barniz en exceso brillante.

Había colocado sobre la pequeña alfombra en la que estaba aposentado el ajedrez un par de sillas con la misma dualidad de tonalidades que las piezas del juego de mesa, eran sillas bastante cómodas a mi parecer y según los testimonios de mis invitados. Sí, en ciertas ocasiones algunos de mis invitados no gustaban mucho de las demás entretenciones, como mis apreciados libros, así que les invitaba a jugar un tiempo con las elegantes piezas de madera y el perfecto tablero.

Quizás en algunas ocasiones alguno de los tantos hospedados que mantuve en mis dominios me ganó una partida, recuerdo un sentimiento de vergüenza muy vagamente, pero esos retazos de memoria me indicaban que sentí pena por el hecho de que alguien que había vivido lo que sería una larga siesta para mí, me hubiese derrotado en el ajedrez. Sin embargo aquella vez, debería haber dejado al invitado vivir un tiempo más conmigo, para poder aprender todas sus técnicas. Pero en vez de eso por mi propia terquedad y orgullo procuré ahuyentarlo poco a poco hasta que se fue en un par de días y nunca más me envió cartas.

¿Por qué era mágico? En realidad no lo era verdaderamente, ya que tal cosa como magia es tópico de cuento de hadas, pero el misterio que encerraba su origen se podía considerar de magnitudes casi sobrenaturales. Yo siempre había tenido la teoría de que fue creado en la India, por la curiosa forma de las piezas y la manera en la que éstas fueron talladas. Otro asunto que me hacía pensar que el ajedrez era místico, era el sopor en el que todo jugador parecía entrar en el instante en el cual comenzaba a jugar, era tan natural imaginar todo el escenario como que si se tratase de una guerra y era verdaderamente importante ganar, como que si algo real y tangible dependiese de ello.

Fue totalmente impulsivo regalarlo a la joven, pero en realidad algo había ocurrido con ese malévolo juego de mesa que me había hecho aborrecerlo. En todo caso si se me antojase obtenerlo de nuevo y colocarlo en el mismo lugar adornando mi casa, podría esperar unas cuantas décadas a que la joven muriese… o para no ser tan fatídico, podría llevarla a vivir conmigo y colocarlo en el mismo lugar donde se encontraba con anterioridad. Pero por ahora estaba bien ahí con ella, la joven jamás sospecharía la anormalidad del particular conjunto de ajedrez.

Solamente me agradecería el regalo con su admiración y aumento del cariño que, en todo caso, ya me profesaba.

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