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Red Moon

Retazos de lejanas memorias difuminadas entre el frío del hielo se presentaban como vívidas fotografías en la mente de tan antiguo descendiente de la sangre oscura, haciéndole recordar a cada instante lo afortunado que era vivir en tan cómoda y elegante casa, dormir en exquisitas camas cubiertas de tela aterciopelada en vez de en el helado ambiente de una cueva congelada, sin compañía de un humano o un inmortal ni tan siquiera indirecta puesto que nunca nadie llegaba a aquella solitaria estancia.

Sin embargo ahora poseía algo a lo que se le podría llamar mansión, puesto que no muchos tienen entre sus dominios un espacio tan amplio y una construcción tan bellamente creada, construida utilizando una variedad de estilos entremezclados: para él no había una belleza absoluta en una época específica, así que la mejor decisión había sido la de contratar al más habilidoso arquitecto que pudiese encontrar y indicarle la mezcla de estilos adecuados para construir su hogar. El resultado había sido cual esperaba y ahora se encontraba en la parte favorita de su casa, la antesala donde tenía su mesa de ajedrez predilecta y una serie de objetos innumerables perfectamente distribuidos a lo largo y amplio de la habitación.

En su mano sostenía un alfil negro, con el cual jugaba distraídamente entre sus dedos, observándole como que si estuviese abstraído de la realidad. Era un efecto muy común que emitía el mencionado juego de ajedrez, ese tablero y esas piezas en particular, ya que las personas que se sentaran allí entraban como en un extraño trance. El pelirrojo inmortal ya estaba bien enterado de esos efectos, porque había sido dueño de ese tablero desde incontables años, sin embargo era como su adicción personal sentarse ahí solo y perderse en las extrañas imaginaciones y recuerdos tergiversados que acudían a su mente como un torrente de particular luz de diversas tonalidades.

Pero hoy era un día verdaderamente especial, al concentrarse una vez más en el ajedrez pudo apreciar un sin fin de eventos caóticos. No había pasado tiempo en esa actividad desde ya hace muchísimos días, porque había estado pendiente de un tópico de investigación por gusto propio y no se había separado de los libros en quién sabe cuánto tiempo. Pero esa mañana las hermosamente talladas piezas habían captado su atención fuertemente, atrayéndolo con una especie de melodía nunca antes escuchada por él, que no pudo determinar si estaba realmente presente o si solo se encontraba atrapada tras las puertas de su mente. Pero desde temprano en ese día había estado sentado en la banca negra, sintiendo lo que cada una de las piezas tenía que contarle.

Dejó el alfil por fin, pareciese que ya éste había dicho todo lo que podía porque las imaginaciones aunque eran diferentes parecían indicar lo mismo, solamente una pieza más faltaba por dictar lo hechos, así que extendió su diestra a la reina. El impacto fue terrible, hace muchísimos siglos que no había sentido tanto dolor, miles de punzadas recorrieron su cuerpo mientras que intentando mantener los ojos abiertos miraba su mano, trataba de soltar la pieza que le estaba afectando de tan potente forma. La pequeña reina de madera no quería separarse así que él simplemente cerró los ojos y percibió todo el dolor a como venía, le recordó muchísimo lo que sintió en el momento de su conversión a la inmortalidad. Las fuertes sensaciones eran muy similares, como que si muriese.

Ya cuando tuvo la necesidad de emitir un grito de dolor pudo observar claramente por un instante, en la inmensa oscuridad de sus ojos cerrados una esfera completamente roja como la más viva sangre, justamente en el medio de su visión y después todo se tiñó del más oscuro negro. Abrió los ojos, pero estaba consciente de que había pasado un tiempo desde que ocurrió todo aquello, vio las piezas del ajedrez desperdigadas por el suelo y la reina al lado de su mano, ya sin ser presa de sus dedos. Se levantó sin sentir molestia alguna y caminó hacia su balcón, uno de ellos estaba construido enfrente de esa misma habitación.

Salió y observó el cielo... la misma esfera de su dolorosa visión, como que si se tratase de una segunda luna, pintada en el firmamento, gloriosa y llena de malos presagios para la existencia de todo aquel que viviese.

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