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Roses

Estaba cayendo la noche en el momento en el que viajaba en mi carruaje, cuando pude observar a mi izquierda la más grande y completa floristería del lugar. Toqué con suavidad el hombro del conductor avisándole que se detuviese para poder ir a conseguir unas cuantas plantas, el joven se sobresaltó al sentir mi contacto y oír mi voz, al punto en el que dio un salto de su asiento y después me asintió con una sonrisilla amable y nerviosa.

El carruaje se detuvo lentamente mientras que los caballos relinchaban sonoramente y algunas de las personas de afuera se detuvieron para observar. No es normal ver un carruaje tan imponente e intimidante como el mío todos los días, ni tampoco unos corceles negros tan particulares y poderosos, así que debíamos soportar las miradas.

Ajusté mis oscuras ropas para que me cubriesen por completo y me coloqué los odiosos guantes, que tanto me incomodaban por no permitirme tocar directamente nada de las cosas que quisiese apreciar con mi tacto, pero bueno, debía hacerlo. Luego tomé un sombrero que estaba en el asiento de al lado, creo que ni tan siquiera era mío pero ahí estaba y al imaginar mi imagen con él, sentí que luciría considerablemente elegante.

Abrí la puerta y bajé al tiempo en el que colocaba el sombrero de copa sobre mi lacio y rojizo cabello, sin poder evitar que una sonrisa cruzase mis labios y mi particularmente clara mirada, especialmente en el momento en el que decidí inclinar dicho sombrero hacia un lado. Listo, probablemente conseguiría un considerable descuento, aún así iba a permitir que la dama de la floristería se quedase con el cambio.

Rosas rojas para mi inmortal diosa de la muerte y la belleza, eso era lo que buscaba: mi loca obsesión de adornarla por completo a ella y a todo lo que significase su esencia. Su efímera alegría cuando me veía llegar con los ramos de flores especialmente dedicados y cuando resoplaba los pétalos hasta que éstos, luego de viajar por el aire, llegaban a su rostro acariciando suavemente su piel. El conjunto de pétalos rojos a su alrededor y el hecho de observarla tenderse sobre ellos la tarde o noche completa, acariciándolos y jugando con ellos como que si se tratase del mayor deleite de la existencia.

Decidí comprar no solo las habituales plantas de rojos pétalos ya que sería conveniente también adornar un poco las habitaciones con diversos tipos de flores, así que llevé de todos los tipos y colores aunque fuese tan solo un pequeño ramo de cada uno, o una sola flor. Tuve que tediosamente transportar todo lo comprado de la floristería al carruaje, pero al menos valdría la pena en el momento que llegase a mi destino y pudiese acomodar libremente todos los adornos en el pleno uso de mis capacidades.

Ya era de noche para ese entonces, subí al carruaje y cerré los ojos hasta dejar de sentir el movimiento y el ruido que producían los caballos y el golpeteo de la madera que emitía esos sonoros ruidos con el solo hecho de moverse. Bajé todas las flores una por una, no las coloqué en conjunto de una sola vez en el recibidor sino que las fui acomodando conforme las iba tomando, tratando de que realmente el tipo de flor y el color fuesen acordes al escenario donde las integraba.

Por suerte mi longeva princesa no se hallaba en el lugar y me dio tiempo justo para adornar por completo la amplia mansión. La vi cruzar el gran portón principal y caminar lentamente hacia mi encuentro, mientras tanto sostenía en mi mano el usual ramo de rosas carmesí que se movían en exacto compás con mi cabello por los efectos del viento, mi expresión no denotaba nada más que un mirar profundo a la dueña de mis entretejidos sueños. Mi esperanza era sorprenderla con la decoración y hacerla pasar una memorable velada, como una pequeña muestra de que deseaba que saliera de su depresivo letargo y se entremezclara una vez más con el actual correr constante de los hechos.

Estaba seguro de que no bastaría, pero al menos esos ligeros detalles podrían ayudar lentamente a cumplir mi cometido. Esa era mi esperanza mientras la veía aproximarse… una extraña sensación de nervios y expectación abarcó mi sentir, al menos si no funcionaba nada de mi plan todo el esfuerzo valdría la pena solo por haber revivido ese puñado de humanas sensaciones.

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