Ir al contenido principal

Sick of Life

Habían pasado ya las tres de la tarde, cuatro horas habían transcurrido desde que se había propuesto la meta inicial, pero había ido postergando el momento esperado hora con hora, comenzando al decirse a si mismo “Será a las 12, en ese momento lo haré”. Recostado se encontraba en la pared adyacente a la ventana, con su cuerpo iluminado por los rayos de diversas tonalidades gracias a la luz que se filtraba por el ventanal. En aquel preciso instante la luminiscencia había disminuido considerablemente, quizás debido a la aposentación de una nube en los lindes del terreno, seguido de esto unas cuantas gotas más grandes de lo normal comenzaron a golpear los vidrios con una fuerza algo desmedida, tal hecho causó, inclusive, que aquel percibiera el cambio de luminosidad y levantara la cabeza, observando hacia el cielo nublado, con sus ojos vidriosos.

Después de muchas horas de haber mantenido esa posición decidió levantarse, apoyándose en el marco de madera que encuadraba el pequeño mirador, casi que podría asegurarse que sin ayuda del impulso jamás hubiese podido moverse de ese lugar. Una vez de pie miró brevemente hacia afuera, observando los automóviles pasar del tamaño de carros de juguete en las calles, su apartamento quedaba en una planta bastante alta del edificio. Volvió la cabeza hacia la mesa del comedor, rápidamente, como que si le indignase algo de lo que vio a través cristal, extraño era que no le irritase ver el sinnúmero de diferentes sets de pastillas para tratar todo tipo de problemas: anomalías cardíacas, resfríos, gastritis, pero por sobre todas esas predominaban las de depresión, de todos colores, tamaños y formas, así como distintos nombres bastante complicados.

En la misma mesa se podía apreciar la presencia de dagas, cuchillos de cocina, navajas para rasurarse, puñales… algunos de ellos tiznados de unas cuantas gotas de fluido carmesí, todos desperdigados al otro lado del mueble de madera. No se había decidido por un método conciso, así que colocó todas las armas posibles frente a él para tomar una decisión y eso le había tomado cuatro horas y unas cuantas pruebas que implicaban alguna que otra cortada en los dedos para probar el filo, beber ciertas pastillas combinadas para confirmar los efectos con dosis bajas, pero mayormente gastó su tiempo sentado debajo de la ventana en un letargo causado en parte por los medicamentos mal empleados, así como por la pesadez de la decisión que estaba tratando de tomar.

La ventana era una tentación más, pero no era ese su estilo, el de una persona tan tímida como él, el hecho de tirarse por ahí y quedar dios sabe cómo cuando al fin llegara al pavimento. El escándalo sería tal que ni estando muerto podría soportarlo, así que los métodos tranquilos le atraían más, a menor violencia mayor seducción presentaba el procedimiento. No sabía que pensar sobre el engaño fascinante de la vida definitiva después de la muerte, tampoco sobre los castigos que las religiones romanas le endosaban al suicidio, pero todas esas implicaciones poco le interesaban, no le apetecía seguir viviendo luego de ese momento, era por ello que había llegado a tal extremo, para no continuar con aquella ridiculez. Así que ¿Acaso importaba lo que sucediera después? Si es algo similar es despreciable, si fuese un castigo sería algo problemático, pero improbable después de todo.

Qué desgracia había sido darse cuenta del poco sentido que la existencia poseía aún estando tan joven, recién tenía ese apartamento que ya podía pagar con su salario, sin depender de sus mezquinos padres que con costos lo alimentaban cuando aún era niño y dependía substancialmente de ellos. A pesar de haberse separado ya de sus progenitores, que era lo que había anhelado durante toda su adolescencia (pensamientos que endulzaban su existir como exquisitas golosinas efímeras pero gratificantes), no significaba nada ahora. Lograr su amada meta lo había hecho ver que lo perseguido no era más que un paso más hacia la desesperanza y la monotonía, ahora no tenía nada que lograr, nada que engañara su mente con el pretexto de que al lograrlo sería feliz. Ahora era cuando debía ser feliz y no había nada más lejos de la realidad.

Solía recordar que un gran porcentaje de los casos de suicidio eran llevados a cabo por problemas amorosos o por no lograr cumplir las veneradas metas, sin embargo él ya era profesional y además poseía una pareja desde hace muchísimo tiempo, a la que se podría decir, amaba. Estaba en su punto idílico, en la cúspide de la vida de un joven, pero la inapetencia por su existir predominaba. Sin embargo él mismo estaba consciente de que no se podía llamar alguien que tuviese coraje, porque si así fuese, no hubiese tardado tanto en escoger, tan sólo, una forma para quitarse la vida. Pero en el tiempo que se había encontrado recluído en la habitación, en soledad con sus pensamientos, había llegado ya a una conclusión que era preciso llevar a cabo.

Bordeó la mesa tocando la madera con todos los dedos de su mano izquierda, como saboreando con el tacto la contextura que presentaban los leños trabajados, como despidiéndose de tales sensaciones mundanas. Tomó con la otra mano la daga que había comprobado tener más filo, la que precisamente estaba más manchada de su propia sangre y, armándose de valor y despachando toda la cobardía que albergaba su mente, perforó en la muñeca de su mano contraria con toda la fuerza que pudo sacar de su corazón, de manera vertical y luego con otro movimiento rápido de manera transversal, desgarrando de una manera excesiva y hasta grotesca la piel que recubría sus delicadas venas.

Dejó caer el punzante objeto en el suelo y se agachó en el mismo, colocándose seguidamente en posición fetal y cerrando los ojos con toda la energía que aún retenía, no deseaba ver la sangre ni nada que pudiese atormentarlo en los últimos momentos, no anhelaba tener la mente llena de pensamientos contrariados. Simplemente la decisión estaba hecha y ahora sólo faltaba esperar a que la pérdida de sangre lo hiciera entrar en un sueño tan profundo, un sueño como cualquier otro, pero que finalmente le arrancaría la vida antes del final del día.

Comentarios

Entradas populares de este blog

The writer

Vengo de ese mundo escondido y prohibido, camino lentamente mirando hacia mi refugio paso la llave por la puerta, con un zumbido… abro mi lugar oscuro que esta totalmente vacío. Me siento suavemente en el suelo frío y muerto recuerdo mi camino de venida hacia acá traía mi mente ocupada en mi sentimiento algo, que muy pronto mi corazón olvidará. Me mostró sus escrituras, yo las subestimé pensé que a mi lírica oscura nada superaría, no la superó, pero hablaba de mi, me desanimé y apenas sentí como ella, por mi culpa sufría Fue impactante cuando leí esas palabras. Mi sentimiento despertado por ellas, no debían no debían de existir, pero fueron escritas cuando leí sus versos y como esas letras morían. Quisiera sentir algo por este acontecimiento como lo hacia antes, hace apenas unos días pero todo lo que sentía de repente ha muerto ¿O será que fue una neblina, que yo mentía? Yo la engañé, la hice sufrir, la enamoré, su corazón se siente engañado, triste y enamorado escribe poemas, pensando...

Sacrifice

Como que si se tratase de un eclipse nuestros cuerpos se acercaron y nuestros cabellos se entremezclaron, tal hecho recordaba sin duda alguna a la unión del magnánimo sol con la eterna noche desprovista de luna y demás astros luminiscentes. Tal y como aquello se percibía había sido la pasada jornada, un caluroso día y una fría noche de luna nueva, en todas aquellas horas su compañía había adornado el tiempo, haciéndolo mucho más grato e interesante que de costumbre. Ahora las manecillas del reloj que yacía pintado con tinta invisible, en lo profundo de aquel oscuro lago que era el firmamento, indicaban que ya habíamos cambiado de fecha, ya era un poco más tarde que la medianoche… oh mágicas horas, aquellas que van del fin del día a una hora luego de transcurrido tal instante. El manto nocturno cubría nuestras siluetas y nos proporcionaba vidrios reflectores imaginarios que permitían admirar en conjunto nuestra propia belleza y la ajena, tan diferentes una de la otra pero a pesar de ell...

Vicious

Como que si fuese movido meramente por el instinto o el deseo, aquel ente propagador de constante oscuridad se había levantado del diván situado en su lujoso apartamento, colocó la copa contenedora del más glorioso elíxir de la lujuria en una mesa aledaña y emprendió su camino a la salida del recinto. Ya iba ataviado con prendas aptas para la ocasión, siempre lo estaba, ya que bien definido era para él ese modo extravagante pero atrayente de vestirse. Un ligero antojo irrumpió en su mente al observar una bien tallada botella inmediatamente delante de su persona, tomando las llaves con destreza y mientras rodeando el perímetro del contenedor de aquella bebida con la otra mano, dio un trago largo que fue interrumpido justo cuando una sonrisa se hacía presente en su expresión, en ese instante la devolvió a su lugar con un tanto menos de peso. Su rostro se mostraba algo más plácido ahora e inclusive lucía más apuesto. Abrió la puerta mientras que hacía girar el llavero, haciendo que bailas...