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Querido R

 Querido R,


Espero que estés bien, en la medida de lo posible, dadas las circunstancias.


Escribo esta carta rápidamente debido a que tendré un día, una semana y posiblemente un mes considerablemente ajetreados, sin embargo no quiero dejarte demasiado tiempo sin saber qué ha sido de mí.


No pediré disculpas por no haber logrado visitarte hace un mes, ya que mi tiempo hubiese sido limitado y como dijiste en una de tus anteriores cartas: “Lo que tengo lamentablemente no se quita en una tarde”. Y lo sé, créeme que lo sé, más no puedo evitar querer ayudarte con lo que esté a mi alcance. 


Considero que no puedo hacer mucho más que ir a verte, tomar un café con una conversación casual para empezar, seguido de una botella de vino acompañada de un par de temas profundos como entrée, algo de compañía como guarnición y para finalizar con algo dulce entregarte un tanto de mi cariño. Espero que esto pueda ayudar a olvidar, al menos por un instante, el eterno vacío. 


El otro mes sin falta te visitaré, la fecha te la haré saber apenas la sepa con certeza. 


Y reitero, no hay mucho más que pueda hacer, pero puedo intentar hacer lo poco que me es posible para ayudar. Espero que estas cartas ayuden, que al menos durante el transcurso de los pocos minutos que tardas en leerlas, sientas que no estás solo, que alguien te piensa y te ama y te escribe, y que se preocupa por ti.


He estado pensando algunas cosas que no puedo esperar a verte para comentarlas, así que las expondré acá. Dadas las circunstancias de mi vida, los “privilegios” y las “ventajas” que poseo, como la constante compañía, las abundancia de recursos, el tiempo libre para el esparcimiento y mis intereses especiales, hay quienes podrían pensar que la felicidad me embarga a diario, que no tengo dolor alguno y que nada me aqueja, lamentablemente no siempre es así.


Todo lo construido a lo largo de los años, con disciplina, autocontrol y en ocasiones con esfuerzos casi sobrehumanos, puede desmoronarse en cuestión de segundos al verse afectado algo en nuestro interior. Ése ha sido mi problema últimamente, mantener el balance entre el orden y el caos para no destruir todo. De un tiempo para acá he cargado con un dolor, una pesadez, una insatisfacción general y constante con la existencia y la naturaleza de la misma que no me deja disfrutar de todo aquello que me he ganado.


Ambos hemos labrado nuestro camino que seguidamente recorremos para manejarnos cada vez de una manera más eficiente por esta realidad, sin embargo nunca parece ser suficiente, lo sé. Y probablemente nunca lo sea. Avanzamos poco a poco con nuestras ensangrentadas manos tratando de abrirnos camino hacia la aceptación y lo que la humanidad espera de nosotros, y aunque cada vez estamos más cerca, sentimos que estamos alejándonos día a día.


Y, honestamente, no creo que eso cambie nunca. La sensación de soledad, de incomprensión, el dolor de ser uno mismo. Observar la felicidad de los demás y no ser capaz de alcanzarla (o de alcanzarla tan sólo por unos breves instantes). Lo que he llegado a pensar es que probablemente esa fachada de felicidad no es más que eso: una fachada. Y que en realidad todos estamos solos y vacíos por dentro. Y no existe cuota de placer carnal o distracción que pueda realmente llenarnos. Hace muchos años lo sé, en realidad, y sé que tú también. Eso no nos exime de sufrir por ello a cada amanecer.


Y sé que estarás pensando: “no hay nada nuevo en esto que me dices”, porque yo igual lo pensaría. Pero te lo escribo para recordarte que no estás solo en tu sentir, y que compartimos y compartiremos esta experiencia por el resto de nuestro tiempo en este plano material. Mi único propósito al extender esta carta es intentar hacerte sentir un poco menos solo en tu viaje. Pero solos estamos, y estaremos. Es parte de nuestra naturaleza como humanos.


Nada más espero que las breves compañías que otros te puedan dar te ayuden a sobrellevar esta terrible existencia.


Y mi limitada compañía también.



Con sinceridad y con mucho amor,


D.

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