Hoy mi padre pasó a visitarme en la mañana. Puse a hacer café, le preparé un huevo frito y se lo serví con una
tortilla. Nos sentamos a hablar y la conversación se tornó reflexiva, como suele suceder. No recuerdo bien todo lo que hablamos, pero recuerdo que en un momento me dijo: “Usted sabe que es muy inteligente, porque lo es. Usted sabe que es atractiva, porque lo es. Usted sabe que es buena persona, porque lo es. Pero a veces se le va a la cabeza”. Concuerdo con las primeras dos, para la tercera aún me falta recorrer camino. Pero sí, tiene razón, de alguna forma no me puedo arrancar de la cabeza la idea de que soy especial, de algún modo, o al menos diferente. Y no tiene nada de malo.
A veces mis sueños me asustan. Las últimas dos noches tuve sueños muy extraños, muy relacionados. Eran sueños sobre muerte, que son aún menos usuales que los sueños eróticos (de los cuales he tenido también otros dos, las noches anteriores). No sé qué estará sucediendo, llevaba muchísimos meses en los cuáles el Señor de los Sueños no se había atrevido a tejer ni una sola de esas fantasías tan vívidas y emocionales para “entretenerme” en mi descanso. Freud y su libro “The Interpretation of Dreams” pueden besar mi hermoso derriere.
Hoy me desperté a las 4 de la madrugada con un deseo incontrolable de llamar al protagonista de mi novela nocturna, pero estaba absolutamente fuera de lugar ¿Qué importancia podría tener contarle de mi sueño? Ya no vivimos bajo los términos en los que solíamos vivir, y aún entonces, de seguro un estúpido sueño carecía de importancia. En ese sueño lo vi morir. O al menos eso me pareció. De alguna manera que no entiendo, podía ver su trayecto en su auto. Era la Cherokee, pero no era la Cherokee (ya saben cómo son los sueños, los conceptos dejan de ser lo usual y adquieren nuevos significados, pero hacen perfecto sentido en ese universo). Iba hacia el aeropuerto y yo lo espiaba, no sé por qué. Acababa de enviarle un mensaje, o llamarlo, no recuerdo. Y veía cómo iba. Algo lo desconcentró, un camión lo chocó por detrás y salió despedido fuera del auto por la ventana. Otro auto le pasó por encima y quedó inmóvil en la calle. Yo me levanté de donde estaba y corrí a buscar la jacket y las llaves de mi auto para ir hacia la escena. Sentí el dolor de pecho más horrible que había sentido en mi vida, y me desperté.
La noche anterior mi realidad fue la siguiente: Iba a morir en dos meses. Tenía un cáncer de pulmón terminal, pero no dolía ya (o no dolió nunca). Lo imaginaba como dos masas de petróleo pegajoso y negro, una en cada pulmón, arrancándome poco a poco la vida sin que yo me enterara. Jamás me planteé de manera consciente qué se sentiría saber que la muerte se aproxima. Me he imaginado cientos de veces cómo se sentirá tener una herida de bala abierta en mis entrañas, ver la sangre verterse fuera de mí y hacia el sucio suelo. El frío que se extiende desde las puntas de mis dedos hasta la herida abierta, sin llegar del todo a ella. La sensación de mareo y de sueño apoderándose de mí y mi fuerza de voluntad poco a poco cediendo ante el cansancio… Pero no era el caso. Iba a morir en dos meses. No en cinco minutos. Y lo que sentí principalmente fue paz. La noción de poder finalmente dejar de planear. En dos meses nada importará, ¿qué haré con esta soledad?, ¿con este dolor de corazón constante?, ¿mis mascotas?, ¿mis pertenencias?, ¿mi dinero?, ¿qué planes tengo para dentro de un mes?, ¿un año?, ¿cinco? Nada. Absolutamente nada. Finalmente. No sentí nada más que la expectativa (y algo del miedo) de viajar a tierras desconocidas sin saber del todo qué ocurrirá o cómo será el destino elegido.
Me gustaría explicar lo que pensé al conjugar ambos sueños. Pero creo que se sobreentiende. No quiero hacer la tarea por los demás.
But if you need a clue, just let me know, kay?

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