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¿Tu flor favorita?

Recuerdo la primera vez que me lo preguntaron. ¿Y cuál es su flor favorita? Estaba sucediendo un censo grupal sorpresivo.

Una rosa negra, respondí. Viendo la reacción a mi respuesta aprendí que las tres personas previamente encuestadas (de un grupo total de cinco) habían dicho exactamente lo mismo.


El lector casual pensaría que éramos un conglomerado anárquico gótico obsesionados con la muerte. Lo cierto es que todos y cada uno de los presentes pensamos en una rosa negra porque: Tuxedo Mask. El hecho de que usara una rosa ya era asociación directa; porque no conocía muchas flores en primer lugar, y porque la serie de Sailor Moon era una serie tan sobrecargada de simbolismo sexual que la considero el motivo único del movimiento cultural latinoamericano reconocido por sus palabras más infames: “es que soy Escorpio”.


Poco interés tuve en cambiar esa respuesta durante años, mis intereses moviéndose unidireccionalmente a causas románticas sin preferencias florales. Hasta que el universo estuvo listo para hacerme la pregunta una vez más.


Luego del divorcio tardé mucho más en recuperarme de lo que la mayoría sabe. Mi viaje a París no fue una meta lograda o un sueño alcanzado. Yo estaba huyendo aun. ¿Y qué mejor lugar para huir que a París?


Un cliché persigue a otro, y renací como fénix en las llamas de la Ciudad de la Luz. Vi a Dalí y a Van Gogh, y vi el amor secreto de los parisinos por las Rosas Viejas, y el desdén por las impostoras que residían en Versalles; debilitadas por la búsqueda de perfección a manos de los viles Jardiniers Royaux. Y ví el Poder de la Fleur de lis.


Al regresar de mi peregrinaje traje conmigo la pregunta, puesto que aún no tenía mi propia respuesta: “¿Cuál es su flor favorita?”


“A mí no me gustan las flores”. Decía ella, pero cuando quise regalarle un bouquet, perdió el habla.


“Mis flores favoritas son los tulipanes”. Dijo ella, y aprendí la lección holandesa perdiéndome en su sonrisa.


Y ahora, luego de entender que esta respuesta tan engañosamente trivial se aferra a un símbolismo tan fuerte, estoy listo para declarar privilegio arbitrario por una, y no tengo más opción que selañar a la Amapola Común como ganadora.


Aquella que rodea mi hogar, que se alza para darme privacidad y me saluda cada mañana. Y al final de cuentas… Tai Pan se coronó con amapolas, no laureles.


¿Y, cuál es su flor favorita?


  • Ray Sanchez


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Manos ya frías

y agotado al viento 

girasoles secos


  • Paolo Cirotti García

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Ha llegado una vez más el momento en el que se me ha preguntado, luego de hace mucho tiempo, ¿cuál es mi flor favorita?


De primera entrada no se me ocurre ninguna, porque mi respuesta automática desde siempre ha sido: “No me gustan las flores”. Pero eso es mentira, si bien es cierto no me encantan, tampoco me desagradan. ¿A quién podría disgustarle algo tan hermoso?


Todo empezó en mi adolescencia, y digo todo en el más completo sentido de la palabra, porque antes de eso son pocos los recuerdos vívidos que mantengo. Nunca me había interesado particularmente el reino vegetal, ni tan siquiera en el plato cuando me servían ensalada. Me gustaba sentarme cerca de los árboles de pino del bosque que había en mi escuela, o subirme a los árboles a pesar de los regaños, pero nada más.


Tuve un novio bastante joven, iba al colegio aún en ese entonces. Era demasiado tierna para haber desarrollado ningún tipo de carácter relevante, por lo que fui presa de las más dulces y empalagosas muestras de cariño que un adolescente le puede entregar a otro. Cartas, dibujos y rosas rojas. Inclusive cartas con dibujos de rosas rojas.


A mí todo me parecía maravilloso porque estaba experimentando el amor romántico por primera vez. Ese amor que creemos va a ser el primero, el único y el último. Periódicamente me entregaba una rosa roja suelta o un ramo. Cuidaba de la rosa con mucho cariño y cuando ya comenzaba a secarse, la colocaba entre dos hojas de algún libro viejo. A los años, al querer leer el libro por primera o enésima vez, me llevaba una agradable sorpresa.


En algunas ocasiones robé rosas rojas de jardines ajenos para llevarle a mi enamorado.


Luego de que esa relación acabó, después de prologarla innecesariamente por incontables años, no volví a relacionarme con las flores por muchísimo tiempo.


Conocí a un muchacho con el que salí a lo mucho un par de veces. Le comenté que no me gustaban las flores, excepto las rosas rojas, porque un enamorado que tuve me las regalaba y me parecía tierno, única y exclusivamente porque venían de él. A los días me regaló una rosa. Sentí tanto desagradado que se la devolví y nunca más volví a salir con él.


Por un período de la vida me llamaron la atención los girasoles. Todo empezó cuando alguien mencionó que mis ojos parecían tener la forma de un girasol en su centro. El interés reavivó cuando descubrí que los girasoles, hasta los más enormes, se vuelven siempre hacia donde está el sol (vaya descubrimiento tan obvio, por algo han de llamarse así, pensé).


En este momento poseía yo un amor fraternal muy fuerte en mi vida, cuya figura siempre relacioné con la del dios del Sol, puesto que yo fui bautizada con el nombre de su hermana, la diosa de la caza y la Luna. Era muy fácil caer en apolíneos simbolismos dadas las circunstancias. Y yo, como el girasol, no podía dejar de mirar en torno a su potente luz.


Aquello acabó, como acaba todo lo que está destinado a terminar. Y con esta pequeña muerte mi interés por los girasoles también pereció.


Luego de tales decepciones lo más fácil era contestar: “No me gustan las flores”


Y de ahí en adelante le dije a mis amantes: “No me gustan, prefiero que me regalen comida o algo útil, ¿de qué sirve una flor que va a morir a los días? Es un desperdicio de dinero”


Hace unos meses salí a caminar junto a mi mejor amiga, como era usual, y la vi robándose una rosa amarilla del jardín de una iglesia. Me exalté y casi le suelto una reprimenda por cortar flores de jardines ajenos, a lo que me replicó que era perfectamente normal, siempre lo hacía. Muchas de las plantas de su jardín eran robadas de jardines vecinos. Me pareció sencillamente hermoso.


De esta amiga aprendí también, que es bastante sencillo tener unas cuantas macetitas con plantas. Ella no tiene jardín y aun así su casa está llena de verdor. Decidí, entonces, comprar algunas plantas comestibles para sembrar en la jardinera y en algunas macetas. Sembramos un tomate cherry, un romero, un tomillo, un perejil y una albahaca.


¿Plantas ornamentales?, ¿para qué?


Hasta que luego de unos meses me atrapé sonriendo alegremente porque la albahaca dio flor, y yo no sabía que eso era posible. Dudo que a alguien a quien no le gusten las flores pueda brindarle felicidad tan trivial hecho.


¿Cuál es mi flor predilecta? Aún no lo sé.


Pero espero descubrirlo pronto.


  • Diana Leitón 

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Mientras leía los textos que preceden al mío, un pequeño pensamiento pasó por mi cabeza, algo que me saco media sonrisa sin forzarla.


“Las flores son los genitales de las plantas”


Quizás el que sea el ritual de conquistas más cliché de la raza humana está basado en regalar unos hermosos genitales de otra especie a la persona que nos genera interés. La frase popular argentina “un ramo de porongas” tiene más sentido del que creíamos. Es al menos curioso cuando se razona ¿verdad?.


Pido perdón de antemano por manchar los textos anteriores cargados de sentimiento con algo tan alejado a ellos como el análisis lógico y el humor chabacano.


Y esto no es ninguna chicana, realmente me molesta alejarme del romanticismo con trucos tan baratos que arrastran por la tierra la poesía de los simbolismos, es un reflejo adquirido que habla de mi, de mis murallas.


Todos creamos murallas alrededor de nuestro castillo, todos tenemos nuestro sistema de defensa que mejoramos y calibramos a través de los años para que sea lo más eficiente posible y, en el mejor de los casos, nos permite     ser seres socialmente aceptables sin demostrar la cantidad de veces que nos rompimos y volvimos a armarnos como pudimos.


Uno no viene a esta vida a ser feliz, viene a aprender y hoy, después de un año en donde a todos nos pusieron a prueba de alguna forma u otra, les traigo la lección que yo aprendí para mejorar las defensas de mi castillo y que aún me cuesta aplicar: se tu proyecto más importante.


Se que suena a frase hecha de póster motivacional barato, pero es la verdad que intento aplicar. Así es como elijo rearmarme esta vez, en busca de resultados diferentes y por ahora viene funcionando.


Mi flor favorita es el Jazmín, pero espero que dentro de poco sea el Narciso.


  • Sebastián Bottos

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